Los “mitos eruditos” de la nueva doxa de la ley y el orden
Abstract
El pánico moral que ha estado azotando Europa en los últimos años relativo a la “violencia callejera” y la “delincuencia juvenil”, que supuestamente amenazan la integridad de las sociedades avanzadas y a su vez requieren severas respuestas penales, ha mutado, desde las elecciones presidenciales francesas de 2002, en una verdadera pornografía de la ley y el orden, en la que los cotidianos incidentes de “inseguridad” se transforman en un horrendo espectáculo mediático y un permanente teatro de moralidad. La escenificación de la “seguridad” (sécurité, Sicherheit, security), que de ahora en más se interpreta en su sentido estrictamente delictivo –luego de que el delito mismo fuera reducido solamente a la delincuencia callejera, es decir, en última instancia, a las infamias de las clases bajas–, desempeña la función primaria de permitir que los líderes del gobierno (o los que compiten por él) reafirmen a bajo costo la capacidad de acción del Estado en el mismo momento en que, abrazando los dogmas del neoliberalismo, predican unánimemente su impotencia en asuntos económicos y sociales1. La canonización del “derecho a la seguridad” es el correlato –y la hoja de parra– del abandono del derecho a trabajar, un derecho inscripto en la Constitución Francesa que es transgredido a diario; por un lado, por la persistencia del desempleo masivo en medio de la prosperidad nacional y, por otro, por el crecimiento del trabajo precario, que deniega cualquier tipo de seguridad de vida a los que, en número creciente, están condenados a realizarlo.